INTRODUCCION:

 

Publio Ovidio Nasón, (más conocido en el campo literario sencillamente como Ovidio), fue un escritor romano que vivió en el siglo I a.C. Entre sus muchas obras, destaca la elaboración de un tratado de belleza de la época, titulado "Sobre la cosmética del rostro femenino", donde incluía además de consejos varios, un extenso recetario natural para acentuar la belleza de la nueva y delicada mujer romana.

 

Lamentablemente, la obra se perdió casi por completo y apenas sí llegó un retazo a nuestros días. La pequeña parte que se ha conseguido conservar, la muestro a continuación como una curiosidad interesante, ya que a mi ver, nos consigue transportar al principio de los tiempos y conocer un poco cómo se entendía la belleza en la época romana. Espero que lo disfrutéis.

                                                                                                           

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 SOBRE LA COSMETICA DEL ROSTRO FEMENINO

Ovidio  (43 a.C - 17 d.C)

 

 

Aprended, mujeres, qué cuidados embellecen vuestro rostro y de qué manera podéis preservar vuestra hermosura. El cultivo dio órdenes a la estéril tierra de que hiciera brotar los dones de Ceres; y perecieron los espinosos zarzales. El cultivo mejora los jugos amargos en las frutas y un árbol al que se le ha hecho una incisión adquiere por injerto propiedades nuevas. Lo cultivado resulta grato: los elevados techos son recubiertos de oro, la oscura tierra queda escondida bajo las losas de mármol que sobre ella se colocan. A menudo también a los vellones se los colorea en un caldero según la costumbre de Tiro; la India nos ofrece para nuestro lujo el marfil cortado en trozos

 

Quizá las antiguas sabinas en tiempo del rey Tacio hubiesen preferido cultivar los campos de su padre antes que a sí mismas. Eran los tiempos en que una matrona de tez enrojecida, sentada en elevado asiento, hilaba con mano incansable trabajando duramente y encerraba ella misma en el aprisco los corderos que su hija había llevado a pastar, y ella misma echaba astillas y troncos cortados al fuego; pero vuestras madres han traído al mundo mujeres delicadas; queréis cubrir vuestro cuerpo con vestiduras doradas, queréis variar la forma de peinar vuestros perfumados cabellos y queréis tener una mano que, cubierta de piedras preciosas, llame la atención; os colgáis del cuello perlas buscadas en Oriente y dos pendientes de vuestras orejas, único peso que en ella podéis llevar. Y desde luego, no es vituperable: preocupaos por gustar, ya que vivís en una época en que también los hombres se adornan: vuestros maridos se engalanan, siguiendo la norma de las mujeres, y una novia apenas tiene nada que añadir a ese ornato.

 

Todas, al mostrarse en público, lo hacen en su propio provecho y eso interesa a los amores a los que rinden culto. Pero incluso están ocultas en el campo y componen su cabellera; aunque el elevado Atos las esconda, acicaladas las tendrá el alto Atos. El gustarse a sí mismas constituye incluso un cierto placer: a las doncellas su propia hermosura les produce una íntima complacencia. El ave de Juno, cuando alguien alaba su plumaje, lo abre en abanico y, aunque callada, se enorgullece de su hermosura.

 

El amor os apremiará más intensamente así que si usáis las hierbas poderosas cortadas, según ritual terrorífico, por manos de hechicera, no tengáis confianza en las hierbas ni en la mezcla de jugos, ni recurráis al peligroso veneno que destila una yegua en celo. No se parten por la mitad las serpientes obedeciendo a los conjuros marsos, ni la corriente de un río vuelve hacia arriba en busca de sus fuentes, y aunque alguien haga sonar los bronces de Témesa, nunca la Luna caerá derribada de sus caballos.

 

En primer lugar, mujeres, habéis de velar por vuestras cualidades espirituales: un rostro resulta atractivo si va acompañado de inteligencia. El amor que se funda en las cualidades del espíritu es firme. El paso del tiempo arruinará vuestra belleza y vuestra cara atractiva se verá surcada de arrugas. Tiempo vendrá en que al miraros al espejo sentiréis pesar, y la misma pesadumbre será otra causa más de arrugas. Pero la honestidad es suficiente, se mantiene por mucho tiempo, y durante los años que ella dura, el amor le está totalmente sujeto.

 

 

Ungüento para dar tersura y brillantez al rostro

 

Di, pues, de qué manera puede un rostro brillar resplandeciente de blancura, una vez que el sueño ha relajado los miembros delicados. A la cebada que los colonos de Libia enviaron en sus naves, quítale la paja y el cornezuelo, y pon a reblandecer igual medida de yeros en diez huevos (la cebada, ya  limpia, debe pesar 2 libras): cuando todo esto haya secado el soplo del viento, haz que lo triture lentamente una burra bajo la áspera muela; y machaca cuernos de ciervo vivaz, aquellas partes que estén a punto de caérsele; todo esto en cantidad de una sexta parte de una libra. Y una vez que la mezcla se haya convertido en harina muy fina, enseguida ciérnela  en un tamiz de malla tupida; añade doce bulbos de narciso sin la cascara y que tu diestra vigorosa los machaque en un mortero de mármol bien limpio; echa también dos onzas de goma con semilla toscana, añádele otras tantas nueve partes más de miel: cualquier mujer que se unte el rostro con tal cosmético, brillará con más lisura que su propio espejo.

 

 

Otro ungüento

 

No dudes en tostar pálidos altramuces y cuece al mismo tiempo habas de cuerpo pinchado: que ambas partes pesen por igual seis libras y que las muelas lentas trituren. No te falte tampoco albayalde, ni espuma de nitro bermellón, ni el iris que viene del suelo de Iliria: deja que todo esto lo amasen conjuntamente brazos robustos de jóvenes (pero que el peso justo de lo triturado sea de un onza).

 

 

Contra las manchas del rostro

 

Los productos medicinales de un nido quejumbroso de aves, se aplican al rostro, y hacen desaparecer sus manchas: a tales productos se les llama alcioneos. Si quieres saber con qué peso, me conformo con esto: con el contenido de una onza dividido en dos partes. Para que se mezclen y puedan fácilmente untarse por el cuerpo, añade miel ática de rubios panales.

 

 

Otra receta para manchas faciales

 

Aunque el incienso gusta a los dioses y a su airada divinidad, no todo debes dedicarlo a que se queme en los altares. Cuando mezcles incienso con nitro, que alisa el cuerpo, procura que la medida sea por ambas partes un tercio de libra, con el peso justo. Añade un poco menos de la cuarta parte de goma, recogida de la corteza y un pequeño dedal de pingüe mirra. Cuando hayas triturado todo esto,  ciérnelo por un tamiz fino. Encima de ese polvo debes verter miel. También es útil añadir hinojo a la perfumada mirra (basta con cinco escrúpulos de hinojo; nueve de mirra) y cuanto puedas coger en una mano de rosas secas, e incienso macho con sal amónica; vierte sobre ello el líquido que destila la cebada; el incienso y la sal igualen en peso a las rosas. Si esto se aplica aunque sea por poco tiempo, a un rostro delicado, no quedará ni una mancha en todo él

 

 

Una receta más

 

He visto a una mujer que machacaba adormideras reblandeciéndolas en agua fría y con ellas se untaba en las tiernas mejillas.

 

 

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