Érase un vez... El jabón artesano y yo.
Mis recuerdos de infancia
Mi nombre es Judith y tuve la gran suerte de nacer en un pequeño pueblo oscense, hace más de treinta y tantos años. Desde que tengo uso de razón, recuerdo perfectamente cómo en mi casa se elaboraban de forma completamente artesanal, el vino, el vinagre, la matanza, los adobos, las salazones, las conservas, las mermeladas, los turrones…
Y por supuesto... el jabón.
Recuerdo que el aceite y la manteca usados para freír los alimentos, iban después a parar sistemáticamente, a una vasija junto al fregadero, y allí permanecía hasta que se acumulaban unos 5 litros de grasa, más o menos, momento en el cual, para mi gozo, las mujeres de mi familia decidían que había llegado la hora de convertirlo en jabón para la colada. En ese instante, se preparaba en el jardín de la casa una pequeña fogata, y un caldero de cobre (a mis ojos de niña, enoooooorrrme), donde se iba a producir el milagro de convertir aquel sucio aceite usado, en delicioso jabón.
Para ello, se mezclaban los aceites bien colados, con una medida exacta de sosa y de agua, y después de mezclarlo bien, se llevaba a ebullición, sin dejar de remover en ningún momento con una enorme paleta de madera, y siempre en el mismo sentido (según decía mi abuela, porque si no, el jabón se cortaba y no llegaba a cuajar). Recuerdo que mis abuelas y mi madre se turnaban para remover, dado el gran esfuerzo que suponía dar vueltas a aquella masa hasta que conseguía cuajar el jabón. Por supuesto, a los niños se nos prohibía acercarnos en el momento en que se manipulaba la sosa, y tan sólo una vez que ya estaba el caldero preparado y removiéndose, podíamos ir a echar un ojo. Yo podía pasarme horas boquiabierta viendo cómo aquella masa color crema, de olor tan peculiar, daba vueltas y espesaba, y finalmente, al cabo de unas horas, estaba preparada para verterla en un gran cajón de madera, hecho a medida por mi padre, que se forraba con papel de periódico. Una vez se vertía en ese improvisado molde, el jabón permanecía allí durante un par de días, oreándose al aire libre, y luego se cortaba en trozos a modo de grandes cubos, que una vez curados, servirían para lavar la ropa en el lavadero de piedra que había en la casa.
Tampoco podré olvidar nunca el singular aroma que desprendía el cuarto de lavar de la casa de mi abuela, situado a la entrada, recién traspasado su enorme portón de madera. Cuando iba a verla, a diario, a la hora de la merienda, no sé que me producía más emoción, si abrir aquella puerta enorme a través de la pequeña gatera redonda, o pasar furtivamente por aquel aromático cuarto de lavar, y escudriñar el lavadero de piedra con la ropa en remojo y los enormes pedazos de jabón. De hecho, ese delicioso aroma del jabón natural, quedará por siempre asociado a la dulce imagen de mi queridísima abuela.
A día de hoy, y plenamente consciente de la moderna sociedad en que vivimos, me doy cuenta de la suerte que tuve pudiendo crecer con esa cultura de ver hacer las cosas a mano. De hecho, sé que fui la última generación que lo vio y lo vivió, ya que lamentablemente para mí, a nuestra generación se le exigen otra serie de cosas y ya no tenemos todo el tiempo necesario para poner en práctica aquellas viejas y útiles enseñanzas.
El "redescubrimiento"
Cuando crecí, decidí trasladarme a Madrid para estudiar y convertirme en la ingeniero que soy a día de hoy. Entonces, poco podía imaginar que, aquellos conocimientos guardados en mi memoria y mi corazón, podrían serme tan útiles años después, y además llegar a convertirse en mi gran pasión.
Todavía recuerdo mi primer viaje a Londres, y el mercado artesano de Spitalfields, donde descubrí por primera vez las tiendas a gran escala de jabones artesanales… No me podía creer lo que mis sentidos estaban experimentando… ¡¡Qué embriaguez de aromas, formas y colores…!!! Eran tan naturales como los que hacía mi abuela, pero muchísimo más bellos si cabe… Sencillamente, lo reconozco, quedé fascinada.
También en Londres conocí más tarde las tiendas Lush, de las cuales me convertí en una fiel admiradora, y muy especialmente de su cosmética hecha a mano. Su idea de cosmética fresca totalmente natural, me pareció realmente una muy buena alternativa a la cosmética industrial (que siendo honestos, invierte más en los tarros, conservantes, blanqueantes, estabilizantes, etc, etc, que en el verdadero producto que debería vender). Acostumbrada a los jabones y cremas que hacía mi abuela, totalmente naturales, me parecía muy normal que la cosmética fresca tuviese una caducidad… y los productos de Lush la señalaban, mientras que en otro tipo de tiendas donde se esfuerzan por que sus productos "parezcan" naturales, de natural sólo tenían eso, la apariencia….
A pesar de este gran interés personal por el tema, jamás imaginé que yo misma pudiera también llegar a elaborar mi propio jabón artesanal. Empecé a planteármelo cuando, por tema de mis graves alergias cutáneas, uno de los últimos dermatólogos a los que visité (y posiblemente el más honrado) a principios de 1999, me confesó que, o bien seguía hinchándome inútilmente a corticoides, con los efectos secundarios que ello conlleva, o recurría a lavarme con un jabón 100% natural, que posiblemente sería al único al que no tendría alergia.
A partir de ahí, cada vez que iba a ver a mi madre, le confiscaba la primera pastilla de jabón de lavar casero que pillaba. Y ciertamente, mi problema mejoró, pero yo estaba acostumbrada a los jabones industriales y a mí me seguía pareciendo una solución bastante burda para mi piel, además de que cada vez que me duchaba, solía oliendo a jabón de colada… Pero desde luego, era efectivo, y desde luego, con mi tipo de piel, con eso me conformaba… Hasta que me topé con "aquel" libro.
Casualmente, paseando por el Retiro, cotilleando entre los distintos puestos de La Feria del Libro de Madrid, fue cuando de pronto, dentro de un pequeño puesto con libros de todo tipo, mis ojos se fijaron en uno (bueno, más que un libro era una especie de "cuadernillo") acerca de la iniciación a la fabricación artesana del jabón. Como imagináis, lo ojeé con gran interés, y por supuesto acabé llevándomelo a casa.
Ese pequeño cuadernillo, resultó ser una introducción muy breve e incompleta, pero realmente simple, al mundo del jabón. Y después de haberlo leído, pensé que no podía ser muy difícil ponerme a hacer mi propio jabón. Así que, llamé a mi madre, le pregunté la fórmula del jabón de la abuela, me procuré el equipamiento y los ingredientes mínimos necesarios, y una tarde me lancé a la aventura de la elaboración de mi primer jabón, con las proporciones de aceite de oliva (esta vez limpio), agua y sosa, que me había indicado mi madre.
Según la receta casera, por su pequeña cantidad, la traza del jabón debía aparecer a eso de los 30 minutos... pero después de casi una hora de remover y dejarme el brazo dando vueltas, aún no había aparecido la maldita traza. De hecho, mi primer intento de hacer jabón sola, resultó un fiasco, porque acabó siendo una masa blanca y grumosa flotando en un líquido parduzco. Mi primer jabón, se había "separado". A día de hoy, con mis conocimientos, habría solventado ese problema y salvado ese lote. Pero aquel día, lo único que me salvó de dejar de intentarlo para siempre, fue el recuerdo de mi abuela, sonriendo y removiendo su caldero de jabón…
Así que al día siguiente volví a empezar el proceso, y pasada más de una hora removiendo mi olla de jabón, y al borde ya del desánimo… ¡¡¡por fin vi aparecer la famosa traza!!! Bendito momento de emoción y alegría: Había conseguido un jabón, ¡¡mi primer jabón!!, y ¡¡estaba perfectamente ligado…!! J
En ese momento aún no era consciente de lo que estaba pasando... acaba de descubrir, o mejor dicho, "redescubrir", una auténtica vocación: la de elaborar jabón con mis propias manos.
Preparándome a fondo
A partir de ese momento, empecé a recopilar todo tipo de información sobre el tema.
Para empezar, me dediqué a indagar y a reproducir los productos que elaboraba mi abuela en casa, herencia de la tradición familiar, como el jabón para lavar, el jabón con romero para el tocador, o la crema hidratante (que allá en su época se usaba por igual para la cara, que para suavizar las manos descuidadas, o los pies).
Por otro lado, me dediqué a adquirir conocimientos de fitoterapia y de aromaterapia mediante varios cursos, me empapé de las propiedades de los distintos aceites y extractos de plantas que podían resultar beneficiosos en la elaboración del jabón, y empecé a aplicarlo en la fabricación de muestras de distintos jabones…
También recabé mucha información (en su gran mayoría procedente de textos en inglés) acerca de los distintos aspectos del mundo del jabón y la cosmética natural, de modo que me interesé por sus orígenes, su historia, sus anécdotas, sus propiedades y aplicaciones, su formulación a nivel químico, su legislación sanitaria, las condiciones para obtener el carnet de artesano… en fin, todo lo que se os pueda pasar por la cabeza y mucho más.
Y de esta forma es como al cabo de algunos años, sin apenas darme cuenta (si no fuera por el esfuerzo robado a las horas de sueño), lo que empezó como un hobby desencadenado por una necesidad específica de mi piel, acabó convirtiéndome en una "maestra jabonera" con un master en Cosmética y Dermofarmacia a sus espaldas, que decidió un buen día dar a conocer en una web como ésta, sus propias creaciones...
Me conformo con que lleguéis a disfrutarlas tanto, como yo disfruto cada día elaborándolas para todos vosotros.
Y colorín, colorado... mi historia os he contado.
SoapyWorld
Para quienes aprecian la diferencia
Judith Prior - Copyright, 2004, SoapyWorld
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